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Parque Torres del Paine, la octava Maravilla del Mundo

Caudalosos ríos flanqueados por nevados, praderas interminables, lagos de ensueño azul turquesa. Todo eso y mucho más en este parque ubicado en la región más austral del continente americano.

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Hay ocasiones donde la naturaleza adquiere unas formas que parecen haber sido esculpidas por un genial artista, como si nada respondiera al azar: ríos en un perfecto zigzag, extensos robledales, lagos de aguas turquesa, manadas de guanacos atravesando praderas doradas, picos nevados, glaciares milenarios y la presencia de los esquivos pumas mimetizados en las rocas.

Este despliegue natural hizo que el parque fuera declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO, y en 2013 designado como la Octava Maravilla del Mundo. El parque se encuentra literalmente en los confines del mundo, en la parte más austral del continente americano, en la llamada Tierra de Magallanes.

El agua es el gran cincelador de este vasto paisaje. Se trata de una enorme red de drenaje compuesta por ríos, arroyos, lagunas y cascadas y cuatro glaciares: Dickinson, Zapata, Tyndall y Grey, este último el más conocido y espectacular, con una longitud de 16 kilómetros. El origen de este Jardín del Edén austral se remonta hace dos millones de años, luego de que una falla en la cuenca de Magallanes derivara en una cordillera independiente que permitió los avances y retrocesos de las glaciaciones.

Chile Patagonia
© Miguel Ángel Vicente de Vera

Su interior es como un maravilloso parque de atracciones para los amantes de la naturaleza. Este santuario de vida animal se extiende por 227.298 hectáreas, en las que cohabitan cuatro principales ecosistemas: el matorral preandino, que cubre la mayor superficie del parque, el bosque magallánico, compuesto mayormente por lenga (árbol de la familia de las hayas), la estepa patagónica, caracterizada por arbustos y pastizales y el desierto andino. La fauna es igual de diversa y fascinante. No es difícil encontrarse con algún zorro colorado, con manadas de guanacos, además de armadillos, flamencos rosados y cóndores. Con un poco de suerte se puede avistar al huemul, un extraño ciervo americano en peligro de extinción y por supuesto al venerado puma.

Senderismo en el Torres del Paine

El circuito más célebre, y el que realizan la mayoría de mochileros, es el llamado trayecto de W, que recorre los paisajes más emblemáticos del parque y debe su nombre a la forma del recorrido que atraviesa los valles de Ascencio, Francés y Glaciar Grey. Este itinerario requiere unos 5 días, a pesar de que no es de un nivel muy exigente, sí que requiere unas siete u ocho horas diarias de caminata. Un dato a tener en cuenta es el perfecto estado del parque. Los senderos están muy bien indicados -no hay que tener miedo a perderse-, y cada cinco o seis horas aparece un refugio donde poder descansar y hacer avituallamiento de comida y productos básicos.

No todo el mundo puede dedicar cinco días al senderismo, así que la mayoría de los visitantes realizan dos o tres excursiones de un día, suficiente para llevarse una visión global. La más famosa es la caminata a la Base de las Torres del Paine, que concluye en una laguna verde coronada por tres grandes torres de granito, icono del Parque.

La pequeña aventura comienza con un sendero que atraviesa en el Valle Asencio, flanqueado por grandes montañas. El entorno es grandioso, alternando tramos abiertos con tupidos bosques a través de caudalosos ríos. A cada paso se sienten unas terribles ganas de fotografiarlo todo. La primera parada es en el campamento El Chileno. Allí nos encontramos con una vegetación de Matorral preandino. A partir de ese momento te sumerges en un milenario bosque de hayas hasta llegar a la morrena del Glaciar Torres.

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© Miguel Ángel Vicente de Vera

Son ya cuatro horas de marcha, las rodillas están entumecidas, pero el ánimo sigue intacto. El guía nos informa que desde el Glaciar Torres queda una subida de una hora más. Prosigue el camino. Continuamente nos cruzamos con otros viajeros, en este caso “Peregrinos del Paine”. Cuando paras en algún mirador o refugio prevalece una gran camaradería. Es muy fácil hacer amigos, compartir experiencias, sugerir rutas. La mayoría de los excursionistas son extranjeros, que atravesaron miles de kilómetros para materializar este sueño.

El último tramo es exigente, hay que ser precavidos y sortear los guijarros sueltos que encuentras continuamente. Sufro y vivo cada paso, cada nueva zancada. En intervalos de diez minutos paro para recuperar el aliento y contemplar el paisaje a mi alrededor: una montaña que proyecta tonalidades azules mientras el viento azota las nubes que atraviesan las cumbres como si se tratara de una película a cámara lenta. Tras 40 minutos se asoman las famosas torres, tres imponentes monolitos de piedra que me recuerdan a la fachada de la Catedral de Notre Dame, pero en su versión pagana. A sus pies una laguna de tonos verdes conforma un espectáculo de una belleza que parecería de otro mundo. Busco una piedra alejada donde sentarme, y permanezco unos minutos en silencio, recorriendo el perímetro de las torres, intentando absorber y fraguar a hierro en mi memoria este instante que no quiero que acabe nunca.

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© Miguel Ángel Vicente de Vera

Manual de abordaje al parque

Debido a sus ingentes dimensiones y a los cupos limitados del parque resulta fundamental preparar la visita con antelación. Una primera opción consiste en tomar un tour de un día en autobús. Esta es la menos recomendable, ya que se trata de una visión muy epidérmica, en grupos grandes y con poco tiempo libre, pero muy útil para las personas que no disponen de mucho tiempo. Los tours se contratan principalmente en la ciudad de Puerto Natales, a 154 kilómetros del parque, pero también es posible agenciarlo desde Punta Arenas, a 399 kilómetros.

La segunda opción está dirigida a los aventureros y amantes del senderismo: organizar una excursión de varios días utilizando los campings y refugios que ofrece el parque. Los que opten por esta elección deben ser muy precavidos y en ningún caso dejar los preparativos para el último día. Desde hace algunos años es necesario tener una reserva confirmada para dormir en los campings. Esto se hace por dos motivos: evitar su masificación, ya que así los cupos de visitas están limitados, y para que todo el mundo que quiera pernoctar tenga un lugar donde dormir, evitando así la desagradable situación del overbooking.

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© Miguel Ángel Vicente de Vera

Un consejo: en el interior del Parque Torres del Paine todo es muy costoso. Es mejor llevar comida, carpa y todo lo necesario para disfrutar de los días campestres, ya que no hay ninguna población en decenas de kilómetros a la redonda. Del líquido no hay que preocuparse, ya que abundan los manantiales de donde brota un agua cristalina de primerísima calidad.

La tercera opción, sin lugar a dudas la mejor, es alojarse en alguno de los hoteles que hay tanto dentro como en los alrededores del parque. Los alojamientos no son económicos, pero realmente valen la pena, ya que ofrecen un servicio todo incluido de excelente calidad, con alimentación, actividades lúdicas y deportivas, accesos al parque, guías y excursiones. Esto permite olvidarse de todo, excepto, de disfrutar la experiencia. Hay varias alternativas, normalmente son edificaciones tradicionales, como el Hotel del Paine, la Hostería Pehoé o el Hotel Río Serrano. Una muy recomendable es el Patagonia Camp, un resort de lujo con una singular arquitectura: yurtas estilo mongol con el techo transparente para contemplar en la noche la Vía Láctea. El enclave, que cuenta con todas las comodidades posibles, está sumergido en un entorno de gran belleza natural a los pies del Lago Toro.

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© Miguel Ángel Vicente de Vera

Otras opciones de aventura

Además de coronar cumbres existen otras opciones más sosegadas, como visitar el glaciar Grey, ya sea haciendo cómodo paseo, o bien aproximarse hasta sus mismas fauces en una embarcación a motor. Con una extensión de 16 kilómetros este es el glaciar más grande del parque. Contemplar sus enormes témpanos de hielo azul turquesa -este fenómeno se produce por la ausencia de aire en su interior- de hasta 30 metros de altura, es otro de los grandes atractivos del Paine. Parece que hubieran traído un trozo de la Antártida hasta aquí, pero no, todavía nos encontramos en el continente americano.

Los amantes de la adrenalina pueden hacer kayak en este singular entorno, para encontrarse cara a cara con las majestuosas paredes del milenario glaciar. En realidad, las opciones de aventura son muchas: viajes en bote de goma para visitar el glaciar Serrano, paseos a caballo por las llanuras patagónicas o pescar trucha con mosca, no en el interior del parque, pero sí en algunos de los lagos adyacentes.

Este parque es todo un ejemplo de manejo ambiental, demostrando que sí se puede armonizar un entorno natural con la explotación turística responsable. Desde el primer instante percibes que la supervivencia del parque prevalece sobre los intereses de las personas. De ahí su cupo de visitantes, la presencia de solícitos guardas siempre dispuestos a ayudar, las políticas medioambientales o la ejemplar limpieza del parque; una serie de hechos consumados que hacen del Torres del Paine uno de los mejores Parques Naturales de toda Latinoamérica.

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© Miguel Ángel Vicente de Vera
Etiquetas : aventuraChile

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