Llevo más de 10 días tras ella. He recorrido glaciares, playas de guijarros, llanuras solitarias e incluso visitado varias islas, pero ni rastro. No sé cuándo ni dónde, pero tengo la absoluta certeza de que, en un momento determinado, sus ojos se encontrarán con los míos.

Persiguiéndola me siento como un cazador que busca sin tregua su presa, como si fuera una obsesión, una misión que le da sentido a todo. Mi única arma es una cámara y el trofeo una fotografía. Por cuestiones de trabajo -soy periodista y fotógrafo- estoy en la Antártida, siguiendo la pista de la esquiva foca leopardo.

La foca leopardo es el jaguar del continente blanco. Pero que nadie se confunda por el hecho de ser una foca: puede llegar a medir hasta cuatro metros y pesar 500 kilos, posee la vista y el olfato muy desarrollados para poder cazar. Son de color gris, con afilados colmillos y la piel moteada con manchas negras, de ahí su nombre. Devora con pasmosa facilidad pingüinos -el emperador es su favorito-, peces de gran tamaño, focas e incluso se han registrado ataques a humanos.

© Miguel Ángel Vicente de Vera

Paisaje lunar

Hoy visitamos Dee, una isla deshabitada que forma parte del archipiélago de las Shetland del Sur. Allí viven colonias de elefantes y leones marinos. Al contrario que estos animales la foca leopardo es solitaria, así que no hay pistas que seguir. Todo el paisaje emana una atmósfera apocalíptica y lunar, tengo la sensación de estar en otro planeta. No hay árboles, ni apenas signos de vida. En el horizonte se divisan icebergs flotando, estoy rodeado por colosales glaciares de más de 30 metros de altura. Al caminar tengo que ir con mucho cuidado, debido a las grietas que existen bajo el hielo y por los continuos desprendimientos, podrían ser letales. Cada cierto tiempo se escucha un cañonazo sordo: un nuevo trozo de glaciar cayó al mar. Al transitar por estos paisajes el alma queda enmudecida, me siento muy pequeño ante esta soberbia e incontestable muestra de la naturaleza, pero a la vez grande por haber llegado a uno de los confines de la tierra, por haber logrado un sueño.

Tras dos horas caminando divisamos en una pequeña bahía una mancha negra sobre un trozo de hielo. Puede ser una foca leopardo, pero también una foca de Weddell o un león marino. A medida que nos acercamos el corazón comienza a palpitar, las pupilas se dilatan, puede ser la recompensa a varios días de trabajo. Camino sigilosamente, ya que son territoriales y agresivas. Efectivamente es una foca leopardo que descansa junto a su cría. Me muerdo el labio para no gritar de alegría.

Tengo que actuar con mucha calma, podría atacarme o bien desaparecer en el mar en cuestión de segundos. Me ubico frente a ella a una distancia prudencial, le miro a los ojos, pero ella ni se inmuta, sabe perfectamente que está en lo alto de la pirámide alimenticia. Recorro poco a poco su piel, el contorno de sus ojos, su boca, ella me mira, percibo como nos reconocemos. Siento que me da permiso para hacer mi trabajo, saco la cámara y comienzo a disparar, intento capturar la esencia del momento, que sea lo más sincero posible. Luego acudo a la cría, que posa divertida frente al objetivo. En sus rasgos todavía no se descubre el depredador que pronto será. Intento respirar sin hacer ningún ruido y finalmente disfruto el instante profundamente.

En la Antártida el silencio es categórico. No hay ruidos de carros, ni de máquinas, ni de civilizaciones, tan solo se escucha el viento, que puntualmente arrastra unas algas secas, o bien el lejano graznido de una gaviota antártica. Para cualquier salida de la base debemos ir como mínimo dos expedicionarios, e informar cada hora por radio de nuestra ubicación. “La Antártida no perdona”, nos repiten a menudo. Son muchas las personas que han fallecido en el continente, normalmente se pierden y mueren congelados. Si caes al mar desde una embarcación tienes entre diez y doce minutos de vida. Tuve la oportunidad de realizar la tradición del bautismo, que consiste en darse un baño en aguas antárticas. Me metí con terno de baño y botas de caucho, ya que el piso está compuesto de afilados cantos de piedra. El sabor del mar era muy salado, al sumergirme sentí una descarga eléctrica que azotó todo mi cuerpo. Debido al shock al cabo de unos segundos dejé de sentir frío, me sentía muy a gusto, pero me obligaron a salir casi de inmediato porque mi cuerpo podía colapsar en cuestión de minutos.

© Miguel Ángel Vicente de Vera

La base científica

Desde la pequeña habitación de la estación científica ecuatoriana Pedro Vicente Maldonado, donde permanecí 34 días acompañando a un grupo de científicos y militares, puedo ver un mar sereno de color plomizo. En total somos 31 expedicionarios. La base tiene cuatro módulos metálicos de estructura rectangular: un laboratorio, la casa de botes y otros dos que albergan la cocina, los baños, el salón y los camarotes. Dormimos en habitaciones de dos, cuatro y seis personas. Las instalaciones son sencillas pero acogedoras, más que suficiente para las circunstancias en las que nos encontramos. La calefacción en cada una de las estancias es fundamental para nuestra supervivencia. Todo funciona con generadores a diésel, el agua que bebemos llega directa de un glaciar, es la más pura y fresca que jamás he probado.

La luz solar está presente desde las 6:00 hasta las 22.00 horas. A pesar de ello la estación está normalmente tapada por una extraña bruma que impide la llegada directa de los rayos solares. Hoy el termómetro marca menos 18 grados centígrados, uno de los días más fríos del verano antártico, que va desde noviembre a marzo. En invierno no se puede salir, ya que las temperaturas llegan a los menos 40 grados y los mares se congelan. En el interior del continente blanco se registró la temperatura más baja del planeta, menos 85 grados. Los científicos me informan que tenemos vientos de unos 70 kilómetros por hora, las actividades del día quedan canceladas. Salgo unos instantes al exterior de la base. Siempre tenemos que colocarnos tres capas de ropa, la última impermeable, además de gafas polarizadas, guantes, gorro y botas. Abro las dos puertas de seguridad, cientos de miles de motas de nieve revolotean con fuerza a mi alrededor, el viento silba con fuerza y azota la bandera del Ecuador que ondea en lo alto del mástil, resulta imposible ver más allá de unos cinco metros de distancia. Retorno a la base, no hay mucho más que hacer.

© Miguel Ángel Vicente de Vera

El elefante marino

Luego de dos días aislados prosigue mi particular safari antártico en búsqueda de un elefante marino, una enorme criatura que puede llegar a pesar 4.000 kilos. Para mover esa cantidad de grasa tan solo disponen de unas pequeñas aletas, por lo que cuando caminan por tierra se arrastran como si fueran gusanos gigantes. Al llegar al mar la situación cambia drásticamente:  nadan ágilmente y pueden permanecer hasta 2 horas bajo el agua y descender 1.500 metros de profundidad. Hay que reconocer que no son especialmente fotogénicos, con su famosa trompa retráctil y sus diminutos ojos. Tengo un macho frente a mí. Me permite colocar la cámara fotográfica a escasos metros de su rostro, escucho su hondo resoplido mientras aparezco reflejado en sus pupilas.

No todo el mundo está preparado para visitar una de las cerca de 70 estaciones que existen en el continente antártico. Para formar parte de una expedición debes superar varias pruebas, tanto físicas como psicológicas. Hay que tener en cuenta que no son estancias cortas (como mínimo un mes), y el tiempo que permaneces en la base estás prácticamente incomunicado.  Fueron varias las jornadas que no pudimos salir de la base, debido a las adversas condiciones meteorológicas. Para manejar esta situación donde las horas pasan muy lentamente es importante tener la mente ocupada. Normalmente veíamos películas, leíamos o jugábamos a las cartas. En nuestro caso no disponíamos de Internet, ni WhatsApp, ni Facebook, ni ningún tipo de red social, tan solo un email colectivo para enviar mensajes de texto. En mi caso fueron unas agradables vacaciones del mundo tecnológico.

© Miguel Ángel Vicente de Vera

El reino de los pingüinos

Los pingüinos están dispersos por todo el continente antártico. En la zona que visité habitan dos especies: pápua y barbijo. Ver un pingüino con su torpe caminar es una experiencia deliciosa, imposible no esbozar una sonrisa, pero adentrarte en los dominios de una pingüinera es algo bien diferente. En la isla Barrientos, a 1.5 millas de la base ecuatoriana, viven unos 10.000 ejemplares. Lo primero que llama soberanamente la atención es el inmundo hedor de las toneladas de excrementos que producen. Es de tal magnitud que el olor llega a otras islas colindantes.

Al desembarcar parece que hubieras llegado a su reino, donde los pingüinos, ajenos a nuestra tecnificada realidad, viven en armonía. Unos caminan y pegan graznidos en la orilla, a modo de tertulia, otros nadan plácidamente en el mar o bien duermen la siesta. Las madres se colocan en círculos protegiendo a los polluelos, como si fueran improvisadas guarderías. En las zonas altas de la isla los más experimentados ejercen de centinelas, siempre atentos a la llegada de uno de sus enemigos: la skúa, un ave carnívora similar a la gaviota.

Allí fuimos testigos de cómo una de ellas atacó a un polluelo que caminaba despistado. Planeó hacia él y comenzó a darle picotazos en la cabeza. Cuando parecía que su fatal destino había llegado un grupo de pingüinos adultos se alineó en perfecta formación militar y avanzó victoriosamente hacia el ave.

En esta ocasión perdió la partida, pero no siempre es así. En este santuario de vida salvaje las huellas de la atroz lucha por la supervivencia son omnipresentes: esqueletos de lobos marinos, cuerpos de pingüino en descomposición, aves muertas…Sin embargo, en muy contadas ocasiones, un paisaje de muerte puede adquirir una singular belleza.

Cementerio de ballenas

Eso ocurre en los cementerios de ballenas, remotas playas donde estos descomunales mamíferos acuden a morir en paz. En la isla Greenwich hay uno. Sobre la arena negra descansan tres osamentas prácticamente intactas, además de restos de otros individuos. El lugar emana paz y solemnidad. Su proximidad a la costa y su buen estado de conservación indica que llegaron por sí mismas, ya que los balleneros las descuartizaban para extraer el aceite con el que se iluminaba Europa hasta finales del XIX.

El esqueleto recuerda la estructura de un barco naufragado. Hay uno que es realmente grande, es posible que perteneciera a una ballena azul, el mayor animal que jamás ha existido. Puede que lleve aquí, 30, 40, 50 años, nadie lo sabe.

Al cabo de dos horas llega nuestro avión. Hay una gran incertidumbre, el día anterior tampoco pudo aterrizar, nos informan que esta vez sí que lo consiguió, el clima mejoró. A pesar de ello nieva con fuerza, nos hacen subir de inmediato. Tengo ganas de abrazar al piloto. Me acomodo en el asiento de la ventanilla y me invade una gran sensación de paz y seguridad. “Ya estoy a salvo”, digo para mis adentros. El avión despega con fuerza, comenzamos a elevarnos sobre el horizonte, todos sonreímos, aplaudimos, bajo mis pies aparece una inmensa masa blanca, la que alimentó mis sueños durante este último año, me emociono y me despido con la mano en alto, seguramente nunca lo volveré a ver, gracias por haberme permitido vivir la mayor aventura de mi vida.

En la soledad del camarote reviso con calma las fotos hechas durante el día, tomo notas, escucho música, miro por la ventana hacia la playa, son las 21:00 y todavía se ve el mar con claridad. No me quiero dormir, siento que cada día es único e irrepetible, que el tiempo se me escapa de las manos. Por momentos no me creo que pueda estar donde estoy, entonces me vienen a la mente los famosos versos de la obra de teatro La vida es sueño: “¿Qué es la vida? Un frenesí ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y que el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

 

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