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Vientiane, la desconocida capital de Laos

Una estupa cubierta con 500 kilos de oro, una escultura de buda de 120 metros de largo o una versión asiática de los Campos Elíseos son algunas de las sorpresas que esconde la capital laosiana.

Artículo publicado en Condé Nast Traveler

Vientiane es una capital tímida, no habla mucho, no le gusta ser el centro de atención de las conversaciones, pero cuando la conoces resulta fascinante y repleta de sorpresas. En parte se debe a que creció a la sombra de otras grandes metrópolis asiáticas. Hay un dicho popular que condensa a la perfección la esencia laosiana: “En Tailandia cultivan el arroz, en Vietnam venden el arroz y en Laos contemplan cómo crece el arroz”.

Esa misma atmósfera que evoca el refrán –sosegada, sin prisas, que te atrapa sin darte cuenta– es una de las maravillas de este país asiático, y también de la ciudad. Pero que nadie se equivoque, en Vientiane hay mucho que ver y hacer: templos centenarios, budas gigantes, parques, barrios afrancesados y mercados nocturnos rebosantes de vida.

© Miguel Ángel Vicente de Vera

Wat Sisaket

Comenzamos con el templo Wat Sisaket, un lugar que te dejará boquiabierto y que hará que la capital de Laos se quede definitivamente alojada en un rincón de tu corazón. La parte exterior es una estructura rectangular en forma de galería. Lo sorprendente es que en sus paredes hay miles de budas de diferentes épocas y tamaños hechos de cobre, plata y cerámica. En total son más de en de 2.000. Si aceleras el paso y miras fijamente los budas se produce un efecto psicodélico, como si fuera un caleidoscopio.

En el centro se erige el templo mayor. Sus paredes están ricamente decoradas con frescos que describen escenas costumbristas y un altar con esculturas de buda, ofrendas y cuencos sagrados. La parte exterior presenta un grupo de columnas que sustentan los típicos techos de las pagodas laosianas, en forma de V invertida y con varias capas superpuestas.

© Miguel Ángel Vicente de Vera

En Laos es muy habitual encontrarse a algún grupo de monjes budistas. A pesar de que se visten con una sencilla túnica granate y de que llevan el pelo rapado al cero, siempre emanan un aire de elegancia aristocrática. Es muy interesante y recomendable acercarse a ellos para charlar un rato. Seguro que te responderán afirmativamente con una amplia sonrisa. A ellos les gusta hablar con los turistas, ya que es una manera fácil de practicar el inglés. Incluso hay templos donde disponen de una zona para hacer intercambio de idiomas. También será una oportunidad única para acercarse a su realidad y profundizar en el significado del budismo.

Templo Haw Pha Kaeo

Muy cerca está Haw Pha Kaeo, un espléndido templo construido en el año 1565. A modo de curiosidad, durante varios años alojó en su interior el famoso buda esmeralda de jade, que actualmente se exhibe en el Gran Palacio de Bangkok. Las estancias están decoradas con esculturas y motivos florales en una suerte de rococó oriental. En su interior hay un pequeño museo con reliquias y objetos artísticos.

La mayoría de los templos y puntos de interés se pueden visitar a pie, pero recomiendo alquilar una moto. Es una ciudad relativamente pequeña, de unos 200.000 habitantes, las calles están bien asfaltadas y no hay atascos ni grandes aglomeraciones de coches, como ocurre en otras capitales asiáticas. Además, es muy barato, tan solo unos 6/8 euros por día.

En Vientiane todo está muy cerca. A cinco minutos caminando llegamos a la Avenida Lane Xang, inspirada en los Campos Elíseos, un espacio amplio, flanqueado por edificios coloniales del periodo indochinoentre los que destaca el Palacio Presidencial. Si recuerda a los Campos Elíseos franceses debería tener su Arco de Triunfo: Se llama Patuxai, mide 60 metros y significa Puerta de la Victoria, en memoria de los fallecidos en la guerra por la Independencia.

© Miguel Ángel Vicente de Vera

La Gran Estupa Dorada

Tras el affaire francés, y siguiendo por la amplia avenida, llegamos a Pha That Luang, la Gran Estupa Dorada, el gran icono del país, uno de esos lugares que no te puedes perder. Data de 1566 y mide 45 metros de altura y 69 de ancho. Está construida en tres niveles, que simbolizan el ascenso desde la tierra al cielo. El primer nivel es el mundo terrenal, el segundo es el de las 30 perfecciones del budismo y el tercer y último nivel la antesala del reino de los cielos: el mismísimo Nirvana. Desde la lejanía resplandece su color dorado, que cubre toda su superficie. Parecería, como ocurre muchas veces, que está simplemente pintada de oro, pero en este caso no es así: 500 kilos de láminas de oro macizo recubren la estupa.

Buddha Park

A unos 25 kilómetros de la ciudad está situado el Buddha Park, un lugar muy peculiar creado en los años 90por un artista laosiano. Se trata de un enorme parque temático único en su especie, con más de 200 estatuas muy variopintas y bizarras: desde una calabaza gigante de seis metros coronada por un árbol que alberga el inframundo en su interior, hasta un enorme buda acostado de 120 metros de largo, además de animales, seres fantásticos, calaveras y por supuesto elefantes.

Ya de vuelta a la ciudad, al caer la tarde, es hora de tomarse una cerveza bien fría. En los alrededores de la fuente Nam Phou, hay gran oferta de restaurantes y bares. Por las noches hay un muy buen ambiente, con conciertos en vivo y un sencillo pero agradecido espectáculo de luces láser.

© Miguel Ángel Vicente de Vera

No te debes perder el Mercado Nocturno: es un buen sitio para comprar algún suvenir, ropa, electrónica y palpar el ambiente de la capital. Es un mercado hecho por y para los locales, 100% auténtico. En ese paseo podrás también ver la puesta de sol a orillas del río Mekong, el octavo más grande del mundo. Sus aguas provienen de las cordilleras de los Himalayas, en China, y atraviesan Myanmar, Laos, Tailandia y Camboya para finalmente desembocar en Vietnam. A pesar de estar en la capital del país, todavía se pueden contemplar prados verdes y el sol desvaneciéndose en el horizonte. Es un momento perfecto para dejarse llevar y hacer eso que tanto les gusta a los laosianos: contemplar cómo crece el arroz.

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